domingo, 15 de marzo de 2020

"La oscuridad no existe, la oscuridad es en realidad ausencia de luz." 
- Albert Einstein

"Amar la belleza es ver la luz"
- Victor Hugo
"Podemos con facilidad perdonar a un niño que teme la oscuridad; lo verdaderamente trágico de la vida es cuando los adultos temen la luz."
- Platón
FÍSICA Y POESÍA
Llevo un tiempo pensando en escribir algo acerca del mágico mundo de la luz, de sus misteriosos prodigios, pero a la hora de poner orden al tema y pueda hacerme entender, me las veo mal, entre otras cosas porque mi sapiencia al respecto sigue siendo deficiente. Sé que mucha gente no tiene ni idea de lo fantástica que la luz es. La vivimos durante el día o cuando encendemos una lámpara como si tal cosa, pero su invisible existir nos permite, gracias a la vista, conocer el mundo que habitamos. Igualmente me sucede con la idea de qué o cómo opera el universo a nuestro alrededor, allá arriba por los cielos lejanos, que mantengo una idea bastante borrosa, aunque me haya leído varios libros de divulgación científica a lo largo de los años. Claro que, es común, en mayor o menor medida, que las dudas, la incertidumbre y la ignorancia sean también inherentes a los mismos doctorados en física cuántica o cosmología. A todos nos gustaría saber más, pero sorprende que no por mucho saber la sed de conocimiento queda saciada, porque nuevas incógnitas se esconden detrás de cada nuevo descubrimiento. Todo esto puede ser tan frustrante como encantador. Bien mirado, el mundo y sus formas, sus energías, su expresión ante nuestros sentidos, es fascinante, fantástico, fabuloso..., pero solo si bien mirado.
Estamos en un periodo histórico muy particular, puesto que el conocimiento físico del mundo ha progresado a un ritmo bestial en los últimos dos siglos. Ha llegado hasta tal punto que muchas de las ideas y creencias religiosas se han tambaleado. En el que nuestro puesto engreído en el cosmos se ha visto desplazado a la insignificancia. Parecemos perdidos en el espacio. O estamos solos o no somos tan únicos y especiales como creíamos.  Poseemos un poder de dominar el mundo como nunca antes, si bien el egoísmo nos esté llevando por el camino equivocado. La física se ha erigido como una religión a la que todos adoran porque difícil es llevarle la contraria. Ella es la responsable de nuestros avances, ella nos dice la verdad, amplia nuestros horizontes para continuar progresando, aunque no sepamos hacia dónde nos dirigimos o cómo deberíamos conducirnos hacia el futuro. La física no cuenta eso, la física no trata de eso, lo dicen los mismos científicos. Ellos revelan, exponen, objetivan, dicen lo que es, o lo que hay o cómo actúa. Luego, lo que hagamos con todo eso corre de nuestra cuenta dependiendo de nuestros intereses o necesidades.
Ya hemos topado con dos asignaturas de suma relevancia. Por un lado, la física, que toma la delantera porque su conocimiento entraña una verdad que todos reconocemos de manera objetiva. Su verdad se manifiesta clara al razonamiento, amén de sus aplicaciones prácticas. La otra, por especulativa, se queda sin anclaje fijo y es por eso que cae en baja estima, por subjetiva. Me refiero en este caso a la ética. ¿Por qué el progreso, hacia dónde vamos, qué es lo que queremos? La ética no evidencia una solución eficaz como lo hacen las matemáticas aplicadas a la física. Depende, como decía, de nuestros intereses o necesidades. Pero, ¿acaso desmerece menor importancia que la física, teniendo en cuenta que se juega nuestro futuro, nuestra razón y fe en la raza humana? Y sin embargo…, hay está su valor, caído en saco roto.
Mientras las matemáticas, física y química son de obligado estudio en las aulas, la ética sigue siendo opcional, cuando no impugnada. Lo mismo le acontece a la estética; al desarrollo de una sensibilidad que amplifique nuestro deleite en todas sus formas artísticas y poéticas. Como si esto último no fuera conocimiento, ha quedado, al igual que la ética, menospreciada frente a las ciencias exactas. Cada cual se sirve como puede su dosis cultural a diario, porque nada mejor que identificar nuestras emociones con el arte. Cultura no nos falta. El arte armoniza ese desequilibrio emocional que sufrimos frente al desarraigo de nuestros deseos con el mundo, pero aun así, y convencidos del gran valor de los temas espirituales, éstos no están aceptados dentro de lo que denominamos conocimiento. La verdad es física y lo demás especulación, sueño, idealismo.
Creo que ha llegado el momento de mirar fijamente en el interior de esa materia que la física define tan real, tan verídica y práctica al uso, para preguntarnos si no tiene exagerado dominio en el mundo del estudio y si merece anteponerse por encima de esas disertaciones que antaño los filósofos argüían, más interesados como estaban por la serenidad, la complacencia, la simpatía, la euritmia, la fraternidad, la unión, el equilibrio, la armonía, la beldad. Valores espirituales que parecen haberse ubicado únicamente en la personalidad individual, lejos del colectivo social que formamos. Porque resulta evidente que el mundo civilizado, ahí donde la tecnología más poderío ejerce (gracias a la física) se ha vuelto feo, contaminado, adusto, desesperanzado. ¿Y esto por qué? Miren a su alrededor mientras caminan por las grandes ciudades y piensen qué falta o qué sobra para que puedan vivir con mayor felicidad. Tal vez tengan que pasear por un parque o por una playa en invierno, ir al monte o mirar a las nubes para hacer una comparativa. Escapen del asfalto de vez en cuando para que comprendan a qué me refiero.
No estoy en contra de la física, nada que ver. Ella cumple con su cometido, a saber; contentar a la curiosidad tan innata en los seres humanos, que buscan expandir sus horizontes de conocimiento. El problema es cuando para explicar cualquier fenómeno, cualquier cosa tangible, vista o no vista, tengamos que aferrarnos a las explicaciones de la física como las más fidedignas y auténticas, (incluyo aquí la biología y la química) cuando a menudo resultan tan insulsas, carentes de forma y color. Explicaciones de hechos que desafían la imaginación y el lenguaje común. Definiciones que sólo las formulas parecen simbolizar, y para quien sepa leerlas.
Yo quería hablar de la luz ¿Y qué tengo que hacer? ¿Hablar de sus propiedades complejas como onda o partícula, de su refracción y el cambio de colores, de su velocidad en el vacío, del electromagnetismo que la suscita? Podría apoyarme con fórmulas que ni siquiera entiendo, diagramas de parábolas, curvas y números. Todo ello me diría mucho pero no lo que de verdad más aprecio, esa otra verdad que confluye con mi interior y me confiere vigor, sensación de vivir. Puedes ser muy libre de estudiar la luz según la física, pero hay otra muy distinta y cercana, justo ahí donde el sol te la concede al despertar por la mañana.
La física te dirá que el sol no sale, que es la tierra que al girar esconde y descubre el sol. Te dirá también que la fuerza y debilidad de la luz se debe a la atmósfera. Si el aire es muy espeso de vapor, polvo o está nublado, la intensidad de luz será más débil y de variada tonalidad. Que es más fuerte que cuando nada interfiere en su expansión ubicua. Días de radiante luz son más frecuentes cuando el cielo está despejado, y mejor en verano porque la tierra se haya más cerca del sol. La luz no se ve, vemos las cosas alrededor porque la luz incide en ellas devolviendo su radiación en distintas longitudes de onda que el ojo sabe interpretar en colores y formas. Puedes no obstante ver su luz si miras directamente al sol. Su fulgor blanco te ciega si mantienes la mirada abierta largo rato... La física te dirá cualquier cosa..., menos poesía.
Pero hay otra verdad. Aquella que sentimos como nuestra, personal, y que nos alivia del peso materialista que somos. Ese peso existencial y burdo, ese peso físico corporal con el que cargamos a la fuerza ahí donde estamos. La otra verdad es la sentida en silencio cuando contemplamos algo bello.  Si atendiéramos con más frecuencia a cómo las cosas se nos representan bajo el matiz de la luz estaríamos más unidos a la serenidad. Un día de lluvia, el filtro de las nubes oscuras en otoño, los cielos violetas o ese rosado frio al atardecer en el invierno. El brillo en las cortinas de la ventana al mediodía. Las estrellas que parpadean sobre la superficie ondulante del mar.
Para aquellos que educan su sensibilidad al contemplar la luz, intuyen que algo divino parece esconderse en ella. De esto sabía la filosofía escolástica de la Edad Media que identificaba la luz con la divinidad. No tan lejos en el tiempo, hay pintores como Atkinson Grimshaw o fotógrafos como Leonard Misonne. De este, al observar sus fotos añejas lo que precisamente destaca es la luz que da vida a todo cuanto alrededor acaricia. Ahí tenemos una buena definición poética de la luz, sin menoscabo de la definición de la física. La física tiene sus fórmulas, el arte sus cuadros, sus fotos. Ambas tan justificables como acertadas, pero que desafortunadamente la opinión al uso justifica una por encima de la otra. Se dirá que podría estar confundiendo la materia con la irradiación de la luz, pero ambas se complementan, ambas se dejan ver, y sin la una parecería no existir la otra. El mundo sin luz estaría ciego, la luz sin mundo sería igualmente cegador. No se trata sólo de saber qué es la luz sino de sentir la luz y para experimentar la luz necesitamos del mundo y su naturaleza.
El árbol que ve el leñador no es el mismo árbol que ve el poeta, decía William Blake. Tampoco se entiende el que la luz se comporte como onda y partícula a la vez. La física tiene una deuda con la imaginación. Y porque sentir es lo que cuenta, debemos apostar por un mundo más poético, algo que la física de hoy en día está perdiendo, perdida como está en significados y fórmulas cada vez más infrahumanas. Quizá lo mejor fuera que ambas especialidades, física y poesía, se dieran la mano para que nuestro conocimiento fuera más completo y justo. Ojala fuera eso posible. Razón y sentir no pueden continuar discutiendo. -  AllendeAran


"Brilla pues, en mi interior, ¡oh luz celestial! con tanta mayor intensidad cuanto más penetrada de tus rayos estén todas las potencias de mi espíritu: pon ojos en mi alma; dispersa y aparta de ella todas las tinieblas, a fin de que me sea dable ver y decir cosas invisibles a los ojos de los mortales." -  John Milton

"Incluso el espacio carece de sentido para la luz, ya que el paso de la luz a través del espacio se consigue sin ninguna perdida de energía tan siquiera."  - Arthur M. Young
"La luz, como todas las radiaciones electromagnéticas, está formada por partículas elementales desprovistas de masa denominadas fotones, ​cuyas propiedades de acuerdo con la dualidad onda-partícula explican las características de su comportamiento físico. Se trata de una onda esférica." - La Wikipedia​


 "Cómo me gusta, en bellos ocasos estivales,
cuando ríos de luz se vierten al oeste
dorado, y en los céfiros fragantes se serenan
las nubes plateadas, abandonar muy lejos
los pobres pensamientos y tomarme un respiro
de las preocupaciones."  - John Keats
 
"En este diagrama de Feynman un electrón e- y un positrón+ se aniquilan produciendo un fotón, representado por la onda amarilla, que a su vez se convierte en un par quark, y un antiquark desde el cual se irradia un gluón, representado por la hélice morada."

“Escribo un domingo, mañana alta de un día amplio de luz suave en que, sobre los tejados de la ciudad interrumpida, el azul del cielo siempre inédito encierra en el olvido la existencia misteriosa de los astros...” –  Fernando Pessoa
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miércoles, 1 de enero de 2020

"Si la experiencia presenta realmente rasgos estéticos y morales, cabe suponer que también estos rasgos llegan a descender al fondo de la naturaleza tan fielmente como la estructura mecánica que se le atribuye en la ciencia física."  - John Dewey

EMERGENCIA CLIMÁTICA
¿SOLO CLIMÁTICA?
Ahora que hace unos días la cumbre climática en Madrid ha finalizado, tal vez se puedan sacar algunas conclusiones sobre cómo estos eventos logran alcanzar su cometido. Al parecer, por lo que dicen los más acérrimos activistas, el acuerdo por minimizar las emisiones de CO2 ha resultado decepcionante. Algo, quizá, se haya conseguido; Ir despertando poco a poco un sentido alarmista ante el peligro climático en el planeta y el que la gente empiece a tomar conciencia de sus actos y hábitos nocivos, así como ir exigiendo soluciones apropiadas a los políticos, que para algo se les concede poder en las sociedades democráticas. Pero hacer entender a los políticos cuál es su tarea, su deber, parece caer en saco roto. Lamentablemente, parecen estar únicamente al servicio de mantener su hegemonía y proteger los intereses capitalistas. Su falta de talento y sapiencia a la hora de resolver los problemas de las sociedades es ya de una vergüenza ajena intolerable. Les falta ética, respeto, modestia, voluntad, inteligencia, empatía, discurso. Los políticos de hoy en día están cada vez más perdidos en su laberinto de disputas patrióticas e independentistas, defendiendo posturas egoístas que atañen a su propio ombligo y a los usureros que descansan en el pico de la pirámide. Nada que ver con los auténticos problemas de la Tierra que, al fin y al cabo, todos pisamos. 
Estamos ante un problema serio. El hecho de habernos acomodado en un sistema social que expele basura química en todo momento, ha traído consigo un veneno letal que pone en peligro la biología del planeta. Eso nos incumbe, somos parte de esa biología, no lo olvidemos. Las ciudades en las que habitamos cada vez están más excluidas de la naturaleza prístina que habitaron nuestros antepasados. Para quienes vivimos en las grandes urbes, (la mayoría de los habitantes del planeta) el panorama visual paisajista al que asistimos poco tiene que ver con lo que fue hace cincuenta años, y si nos remontamos al siglo XIX la cosa resulta más sorprendente, y yendo más hacia atrás en el tiempo se puede sentir que lo que otrora fue naturaleza abundante por doquier, ahora es asfalto, cubos como murallas que recortan el cielo. Lo que antes eran montañas en la lejanía, ahora son edificios torre que bloquean la mirada puesta al horizonte. Donde antes era el trote de caballos en los caminos, ahora es ruido y humo tóxico de coches. Donde antes crecían árboles, ahora hay señales de tráfico y semáforos. Antes todo era curvo y desigual, ahora todo es lineal y cuadrado.
A pesar de ello, no nos hemos vuelto locos. Incluso he de reconocer que, con la evolución tecnológica y científica, hemos aprendido a vivir más años y mejor. Al menos en los países occidentales donde se ha podido aplicar ese conocimiento. Nadie me va convencer de que antiguamente el mundo era más afectuoso con los humanos, que antes se era más feliz. El trabajo es menos severo de lo que vivieron nuestros abuelos. El bienestar se ha multiplicado, si bien no tan ecuánime como nos gustaría. Ahora, mejor que nunca, el índice de natalidad es más alto y el de la mortalidad más bajo. Algo se habrá estado haciendo bien por cómo la humanidad se ha expandido.
Sin embargo, por desgracia, hemos alcanzado un punto en el que nuestros errores han abierto grietas en este sistema en el que nos hemos acomodado. Hemos vivido a costa de exprimir los recursos de la tierra sin miramientos, vueltos de espaldas a todo lo otro que vive alrededor, ciegos y sin respeto por cuanto nos sustenta. Hemos vivido de manera muy egoísta, y a la par, ignorantes del futuro. Nos hemos tomado la naturaleza como servidora y esclava de nuestras necesidades básicas. Era necesario explotarla, invadirla, violar sus hábitats sin importarnos cómo. Nos hemos comportado como seres de un mundo aparte, igual que enemigos. No es que la naturaleza sea ahora vengativa con nosotros. No, no se trata de que Ella tenga un objetivo determinado y nosotros vayamos en su contra. Se trata sencillamente que no va a responder a nuestros intereses porque está enfermando por nuestra culpa. De igual forma que cuando un virus nos invade y acaba con la vida de un cuerpo, así nos comportamos, como si el planeta fuese un cuerpo. La naturaleza no es sabia, vive y padece las inclemencias del tiempo y las catástrofes como las sufrimos los demás. Ella no tiene fija una finalidad, está ahí igual que nosotros, sin saber por qué. Sufre las consecuencias del azar y ahora, por añadidura, sufre la arrogante actitud de la ambición desmedida del hombre, guiada por un capitalismo cada vez más insolente, cada vez más salvaje.
Pareciera que, aún, este problema no fuera tan apremiante, que no parece tan ominoso, que no es tan feo como lo pintan porque aún quedan parajes paradisíacos por ahí, grandes extensiones verdes, mares azules. Aunque sea sólo vivido allí a donde vamos de vacaciones, o por lo que vemos en fotografías. Todavía se respira bien, en algunas ciudades mejor que en otras. En fin, que todavía no nos ha llegado la mierda al cuello. Es por eso que los políticos, por salvaguardar los intereses que reclama cualquier empresa capitalista, siguen sin querer tomar medidas decisivas para regenerar el entorno que estamos infectando. Entorno que no es otro que nuestra propia casa. Pero para ellos, diríase, que la Tierra no existe, que lo que existe son países, territorios, banderas, ejércitos, bancos...
Comprendo que el discurso de estos días pasados haya sido prioritario en alarmar, a la vez de informar, sobre la actual situación del planeta. Principalmente por el efecto invernadero que está trastornando el clima. La basura química que vertemos en cantidades ingentes por tierra mar y aire todos los días. Qué soluciones se van adoptar. Soluciones espinosas porque implican un cambio en el paradigma en el que nos movemos y que tan mal se ajusta con el régimen capitalista en el que todos estamos enredados. Pero sí ha habido algo que personalmente he echado en falta en los discursos, algo que era de esperar por otra parte, y que considero de suma importancia, es el de inculcar una visión estética de cuanto conforma en el planeta. Porque eso también se está perdiendo.
No sé hasta qué punto es un privilegio que ciertas almas sensibles puedan deleitarse en la contemplación de las formas, colores, aromas, sonidos..., con la vida, en definitiva, que ante nosotros se despliega por el mundo. Identificarse con la trama del mundo que al desnudo se presenta, con la visión primaria, virgen de la naturaleza, parece fantasía de unos pocos poetas y filósofos. Está escrito que quienes mejor han sabido entenderse con la naturaleza, gozar de veras, han sido pensadores, anacoretas, músicos y poetas. Gente contemplativa cuyo principio era fluir con el ánima que vibra en el mundo. Personas que se veían recompensadas de calma al observar lo bello, que sabían armonizar sus estados de ánimo participando del encuentro estético que surge por azar o voluntad artística. Síntomas de plenitud y compresión, paz, misterio y aventura, asombro y milagro, nunca mejor hallados sino en la Naturaleza. Me viene a las mientes autores como John Muir, Ralph Emerson, John Keats, Thoreau, Alex von Humboldt y tantos otros que dejaron escrito impresiones y lecciones que se deberían estudiar en las escuelas. Pero no hay manera. Seguimos sin querer implicarnos con la sabiduría de esos que se deleitaron  con la esencia de la vida, como si fueran sus ideas ininteligibles, cosa de locos o fueran un obstáculo para el progreso o una pérdida de tiempo.
Esto no es fantasía de quien vive en las nubes. Si por algo somos, si por algo albergamos sueños es porque hay un enlace entre nosotros y cuanto forma el mundo externo. No hay objeto sin sujeto, ni a la inversa se podría entender la existencia. De no haber nada ahí afuera, ¿cómo justificaríamos estar vivos? Apreciar la belleza que la naturaleza exhibe es una tarea fundamental para poder respetar el planeta. No creamos que la tierra es enemiga nuestra porque nos hemos visto forzados a horadar la materia en busca de energías que nos ayuden a sobrevivir y evolucionar. La misma naturaleza, sus plantas y animales, sufren las consecuencias del azar, de los grandes cataclismos, de las tempestades, sequías o incendios. Y si bien, nosotros somos también víctimas igualmente del azar, también es cierto que tenemos conciencia y fuerza para saber qué queremos o qué camino tomar. Y aunque ese “qué”, de momento, no esté enteramente formado, porque no hay credo, ni religión, ni ética prevista para el futuro que convenza a todos por igual, sí hay algo que podemos comprender por unanimidad, algo que se puede apreciar; la belleza. Vista y sentida en la música, el diseño, una cara guapa, la flor que se abre a la luz, ese atardecer… Son de por sí sensaciones que dan valor único y total a nuestras vidas.
La Naturaleza nunca te va a responder si tienes razón, si está o no justificado que la sientas como bella. Jamás nadie se plantea si se equivoca por apreciar lo que le parece bello. Por eso mismo no esperes que Ella esté de tu parte correspondiendo a tu admiración con un, hoy no lloverá, hoy la chica que te gusta te va a sonreír, hoy el atardecer será más vistoso que el de ayer. Suficiente justificación es con sentir y suficiente saber que hasta hoy nadie ha podido razonar lo que la belleza significa. Tanto mejor así, ya que de esta manera no se presta a la manipulación materialista. Su misterio la hace impenetrable a la experiencia científica. Es por eso que, al tratarse de una cuestión subjetiva, lamentablemente, no se la ha integrado en la educación con tanto denuedo como a las matemáticas, la física o la lengua. Estoy muy convencido de cuánto más se ganaría si de pequeños nos enseñaran a ejercitar la sensibilidad en las escuelas, y para eso nada mejor que sintonizar con los elementos que se manifiestan en la Naturaleza. Si así fuera, seguramente no habríamos incurrido en tantos errores de relación en el ecosistema que habitamos.
Mantener el esplendor botánico de árboles y plantas, los mares limpios, el hábitat de los animales, haría que nos sintiéramos más integrados en el mundo, pero sobretodo daría un especial relieve a las sensaciones espirituales. Sí, me refiero a esas sensaciones que se sienten en el interior y en silencio, que resultan difíciles de comunicar y que, cuando lo hacemos, recurrimos a estrategias, artificios que derivan en lo que llamamos Arte. Contempla sin monólogos el vuelo de los pájaros alejándose en el horizonte, las plantas que al crecer dibujan formas esbeltas, un gato que duerme plácido sobre la hierba, unas nubes que abren grietas por las que se infiltran los rayos del sol al caer la tarde. Eso no podemos perderlo. Contempla si más, contempla y no preguntes… “porque la Serenidad no pertenece al dominio de la voluntad.” decía Heidegger. - AllendeAran.


“Si nos aprovechamos de la palabra estético tomada en un sentido más amplio que en el de la aplicación a lo bello y lo feo, es indudable que la cualidad estética, directa, final o encerrada en sí caracteriza las situaciones naturales tales como se dan empíricamente. Estos rasgos están de suyo exactamente en el mismo plano que los colores, los sonidos, las cualidades del tacto gusto y olfato.”  - John Dewey


 
“Ahora el mundo aparece como un objeto al que el pensamiento calculador dirige sus ataques y a los que ya nada debe poder resistir. La naturaleza se convierte así en una única estación gigantesca de gasolina, en fuente de energía para la técnica y la industria modernas.” – Martin Heidegger
“Somos plantas –nos guste o no admitirlo- que deben salir con las raíces de la tierra para poder florecer en el éter y dar fruto”. – Peter Hebel


 
“Si un hombre está solo, dejad que mire las estrellas. Los rayos que provienen de esos mundos celestes se interpondrán entre él y lo que toque. Podría pensarse que la atmósfera fue creada transparente con esa intención, para conceder al hombre, con los cuerpos celestes, la presencia perpetua de lo sublime.”  - R. W. Emerson
“No hay pregunta ni respuesta al hecho de que el hombre busque la belleza. La belleza, en su sentido más amplio y profundo, es una expresión del universo. Dios es todo lo hermoso. La verdad, el bien y la belleza no son sino aspectos del mismo todo.”  - R.W. Emerson



“La Naturaleza se asocia a todas las sensaciones del hombre. Las comprende y parece compartirlas como un confidente invisible. ¡Las lleva al cielo para divinizarlas!”  - Alphonse de Lamartine
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miércoles, 23 de octubre de 2019

"El día que entendí que lo único que me voy a llevar es lo que vivo, empecé a vivir lo que me quiero llevar."  - Anónimo
"Los pensamientos sin contenido son vacíos, las intuiciones sin conceptos son ciegas."  - Kant 
PENSAR EL MUNDO
Poca gente pondría en duda que la realidad no está ahí, que cuanto existe como materia es falso y que la existencia de las cosas que nos rodean son una ilusión. Yo no quiero dudar de ello, ni mucho menos pretender que se equivocan, pero sí que me sorprende que la presencia física del mundo sea tan difícil de aprehender y que su consistencia sea tan evasiva y fluida a pesar de la dureza con la que se nos presenta a los sentidos. Cuando se trata de analizar la realidad de las cosas contamos principalmente con la conciencia. Tras una primera impresión que reciben los sentidos al contacto con lo externo, la MEMORIA facilita que la conciencia haga su tarea de procesar nuestro encuentro con esa realidad, pero debemos comprender que no hay manera de hacerlo sin salir de la misma conciencia. Ésta, utiliza pautas, (categorías kantianas a priori, como el espacio-tiempo) con las que diseccionar lo que de inmediato la realidad nos propina. De alguna manera nos las arreglamos para acomodarnos en el mundo, gracias a la conciencia, a todo aquello que vamos procesando y que cobijamos en la mente o cerebro en forma de recuerdo. Sin la facultad de poder recordar ¿Qué seriamos? Pero el recuerdo, lo que de verdad guardamos en la mente, ¿No es, sin más, pensamiento?
Porque, en esa búsqueda de una certeza fija que preste ayuda al entendimiento de lo que somos, la conciencia se queda a solas siempre con algo que no entendemos como realidad pura; el pensamiento. Teniendo en cuenta que hemos prestado extrema importancia a la física, como algo real, verídico, como identidad nuestra, afirmativa y racional, me pregunto cómo es que la final, el pensamiento, (tutelado por un Yo o conciencia) se erige como la única prueba de que disponemos para valorar la mismísima realidad, esa que tan rápido como la aprehendemos se desvanece engullida por el tiempo, consignada en las fosas de la memoria en forma de recuerdo. Bien pensado, quizá tengamos que revalorizar ciertas ideas a las que hemos marginado por aferrarnos a una verdad única, cuando esa verdad, materialista, es de todo punto inconstante, resbaladiza, huidiza y únicamente aprehensible, a la postre, como pensamiento. ¿Cómo es posible entonces que demos tanta importancia a la materialización de nuestros deseos?
Estoy en el andén del metro esperando a que el tren llegue. Le veo venir, salir del túnel. Se aproxima hacia mí. Va frenando. Se para y las puertas de entrada coinciden conmigo. Se abren. Entro y miro alrededor para elegir un sitio en el que sentarme. Ese acontecimiento de ver salir el tren del túnel, de hace unos segundos, es ya pasado. Ese frenar y el que las puertas se hayan abierto coincidiendo conmigo, es ya pasado. Se acaban de cerrar y yo me siento. Ese cerrar de puertas a mis espaldas, es ya pasado. Saco de mi mochila un libro que voy a leer mientras dure el trayecto. Me acabo de sentar, y como ya estoy sentado con el libro en las manos, ese hecho de sentarme es ya pasado. Así, a cada movimiento que ejecutamos, se convierte de inmediato en pasado. Y la única manera de constatar que ha habido un pasado, una realidad fenoménica es constatándola como real desde mi conciencia, un pensamiento, al fin y al cabo, que habla de lo que fue real pero que ya no es, porque desde el presente tan solo me queda el que esté leyendo un libro del cual interpreto, a medida que voy leyendo frases, una historia que se cobija en mi conciencia, que se instala, al fin y al cabo, como pensamiento. La realidad que nuestros sentidos advierten en un presente dado se funde en pensamiento tan rápido como un parpadeo. ¿Qué queda pues de la realidad física como tal, cuando todo cuanto podemos constatar viene dado desde el recuerdo, que es, al fin y al cabo, pensamiento?
Si se llega a entender del todo esta sensación huidiza de la realidad, (esa intuitiva comunión a través de los sentidos con el presente objetivo) deberíamos reconocer que la vida personal de cada individuo es 99% pensamiento. Aunque intensamente apabullante en un principio la intuición sensorial, que sería ese resto del 1%, lo que queda a la hora de dar testimonio de lo que es la realidad, es a la postre, solo pensamiento. El mundo de las cosas, eso de ahí afuera, queda implantado como verdad en nuestro cerebro en el recuerdo (le damos esa confianza de verdad como testigos que hemos sido de la experiencia, pero es, al fin y al cabo, pensamiento). La realidad del presente es continua igual que la cinta cinematográfica que se proyecta en la pantalla del cine. A cada fotograma le sucede otro, y así, mientras vamos mirando concentrados, las escenas pasadas son tan solo recuerdo. De igual manera podríamos decir que vivir es ir dejando instantáneamente vivencias que enseguida pasan al recuerdo y que, gracias a la vital y significativa MEMORIA, esos recuerdos (que no dejan de ser pensamientos) dominan nuestra vida por completo. El resto es la continua realidad que mientras vivimos nos informa de todas aquellas cualidades que forman la vida. La vida nos nutre de más pensamientos y sin ellos no entenderíamos qué es la vida.
Sí, en cierta forma, se podría decir que vivimos en una “fantasía” permanente, porque la realidad se transforma de inmediato en tan solo un recuerdo. Sin embargo, esa “fantasía” es un mundo que engloba también la vida de todos, y que tiene unas exigencias, una dirección, una ética, construye un futuro y crea incluso una ciencia que afirma que en verdad algo existe, que algo somos. Desde un YO, ese centro difícil de definir (que actúa como si fuera el director de una orquesta que busca armonizar el ruido en una sinfonía) utilizamos ciertas herramientas tanto innatas como aprendidas, (matemáticas, lenguaje) para tamizar, clasificar, distinguir, organizar toda esa amalgama de sensaciones que asaltan nuestro cuerpo a cada momento. Lo curioso del tema es que, sin ese YO, (aunque los budistas quieran deshacerse de esa esclavitud al ego) no sería fácil dar un sentido a la vida. Parece vital su ser para organizarnos, no ya a nosotros mismos sino al ser que somos con el resto del mundo.  Porque el pensamiento puede tener siempre una misma cualidad (sensación o imagen hospedada en la mente) pero lo dividimos en distintas categorías y conceptos para poder entendernos.
No todo pensamiento es de igual naturaleza, como digo. Sabemos el que pertenece al sueño diurno y el nocturno, el de las ensoñaciones que nos gustaría vivir, (fantasías que la realidad no nos concede) el pensamiento que jamás revelamos por vergüenza o respeto a la moral, el que incluso no sabríamos explicar (sentimientos que no encuentran adjetivos adecuados para expresarse), el que abre ideas e imagina un futuro que nos compromete como sociedad, aquel en el que casi todos coincidimos porque viene enjuiciado por nociones afines a toda persona, presidido por las matemáticas y el lenguaje principalmente. Es, este último tipo de pensamiento, al que damos mayor fiabilidad porque está bien encajado en los intereses comunes y sociales, que hace que juzguemos la vida con una cierta coherencia, (evitando caer en el absurdo o el surrealismo) y que busca un proyecto unificador e interesado. Es, cabe decirlo, por otra parte, en el que cree la ciencia, porque ésta queda homologada por el sentido común, que hace que no naufraguemos en antinomias, algo que al parecer molesta a nuestra conciencia para su desarrollo.
Con todo lo dicho, no estoy poniendo en tela de juicio la existencia de la materia. Por supuesto, está ahí y aún más está mi cuerpo que me acompaña y que me avisa con dolor cuando algo va mal en mi interior. Si me pinchan, sangro. Mi cuerpo da testimonio fiel de que el presente está aquí conmigo, viaja conmigo, me acompaña de continuo allá donde vaya, como lo hacen mis manos, mis pies o mis ojos abiertos. Estoy aquí, y aunque a cada rato que pasa me voy transformando en algo distinto, porque envejezco, (aunque apenas me dé cuenta de ello) doy veracidad a mi existencia. Soy algo, soy real. Pienso, luego existo, que diría Descartes. Pero si efectivamente confieso que estoy vivo, lo hago desde el pensamiento.  Y así circulamos en espirales, sin saber si mente y materia es lo mismo, o son las dos caras de una misma moneda, o si una fue antes y la otra después, y si esta alimenta a aquella o viceversa. Es la rareza que a tantos filósofos ha llevado a tantos quebraderos de cabeza. ¿Cómo es posible que la única fuente indiscutible de la existencia sea un pensamiento, cuando la materia se muestra tan cínicamente más real que la mente? ¿Qué hace que estén tan estrechamente unidas, materia y mente, pero sean tan antagonistas? ¿No será que todavía erramos en algún cálculo, que nos falta alguna categoría esencial para llegar al fondo de las cosas y su vínculo con nosotros? ¿Se puede entender un mundo sin una mente que lo confirme? Sigue pensando.  -   AllendeAran.


“Tiene que haber una interfaz entre nuestras capacidades cognitivas y el mundo externo o, para decir lo mismo de otra manera, la idea de que nuestras capacidades cognitivas no pueden acceder completamente a los objetos en sí mismos” – Hilary Putnam
“La matematización de la naturaleza nos fuerza a aceptar la visión tradicional de la percepción. […] la forma de cualquier afirmación de conocimiento y las maneras en que esa afirmación es respuesta a la realidad se fijan por adelantado y de una vez para siempre.”  - Hilary Putnam.
"Dado que no somos diferentes de la 'mente', ni estamos separados de ella, no podemos aprehenderla ni podemos 'integrarnos' con ella puesto que nunca nos hemos desintegrado de la misma y, por esa razón, mientras sigamos pensando en términos relativos, nunca podremos comprender lo que es."  - Terence Gray (Wei Wu Wei)
"Parece lógico que, una vez transcurrido nuestro 'presente', su presencia pase a ser meramente conceptual, es decir, una pura concepción mental que carece de existencia objetiva. En consecuencia, es imposible que lleguemos a conocer el verdadero presente."  - Terence Gray (Wei Wu Wei)

“Pero aquellos dos tiempos, pretérito y futuro, ¿cómo pueden ser si el pretérito ya no es y el futuro todavía no es? Y en cuanto al presente, si fuera siempre presente y no pasase a ser pretérito, ya no sería tiempo, sino eternidad.”  - San Agustín
"Es ciertamente extraño que haya prevalecido entre los hombres la opinión de que casas, montes, ríos, en una palabra, cualesquiera objetos sensibles, tengan existencia real o natural distinta de la de ser percibidos por el entendimiento."  - George Berkeley

FOTOGRAFÍAS, ANTONIO MORA

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viernes, 30 de agosto de 2019

"El ser tiene que afirmarse, y para un ser que tiene que afirmarse la existencia toma el carácter de un interés o un propósito."  - Hans Jona
"Lo natural y comprensible es la muerte, lo problemático es la vida."  - Hans Jonas

¿MERECE LA PENA VIVIR?

Supongo que quien más o quien menos se habrá hecho esta pregunta en alguna circunstancia adversa de la vida. Sé que algunos ni siquiera se atreven a plantearse semejante pregunta y/o dudar de la respuesta. Por unanimidad se aprueba un sí incondicional, incluso en situaciones donde las de perder la vida, y con dolor, es obvia. La vida está ahí, para bien o para mal, para vivirse. Faltaría más. Yo comparto esta opinión, pero a menudo le pido a la vida una respuesta que justifiqué su aparición, un porqué a esta forzosa permanencia en un devenir repleto de adversidades que hacen que la vida se nos antoje en ocasiones anodina, incomoda, pesada, absurda, aburrida, muy problemática y dolorosa. Puede que la culpa sea por nuestra avaricia, de la falta de valentía o imaginación, o puede que por pedir lo que no se puede, o por curiosear más allá de donde se nos permite; (hasta aquí bien, y más allá de este ahora mal). Presente constante, fugaz, que parece perdurar, pero que se acaba, un día u otro, lo esperes o no lo esperes. Sea como fuere, la respuesta, lo adelanto, no es fácil de esclarecer, muy a pesar del sí incondicional al que estamos acostumbrados.
Tengo que aclarar ya mismo que no estoy encubriendo la idea del suicidio. No se trata de eso. Se trata de si con vivir basta o estamos aquí para algo más que no acertamos a saber o si quizá no haya nada más qué saber y aprender a vivir por vivir, procurando deleitarnos en el puro hedonismo, o si tal vez tengamos que ejercitarnos para algo más trascendental. Nuestra naturaleza marcada por la consciencia hace que nos sintamos a menudo raros con nuestra existencia, sobre todo cuando las cosas no funcionan como esperamos y nos preguntamos si hay forma de cambiar el mal estado en el que nos hayamos. La soledad, el aburrimiento, la rutina, el miedo, el rechazo, la tristeza son todos síntomas que contradicen la felicidad que la vida supuestamente debería proporcionarnos. Sin embargo, una felicidad permanente y continua no parece tampoco encajar en nuestra mentalidad y entendemos que la fatalidad, en su propia gama de colores y sabores, venga de vez en cuando a decirnos que hay que sufrir y en consecuencia actuar contra ese sufrimiento. Se nos pide acción, tomar una determinación, luchar.
Lo cierto es que, en lo que a mí respecta, no tengo una respuesta definitiva a este dilema. Hay varias formas de enfocarlo. Por un lado, si tenemos que valorar la vida en función de la muerte, es decir, lo que haya al otro lado del oscuro telón que nada nos deja ver, será decisivo a la hora de valorar positivamente la vida, como si ésta fuera un puente de tránsito hacia un estado mayor y mejor de nuestra existencia. Un algo más perfecto. Un Cielo, por decirlo de manera más directa, aun cuando no sea ese Cielo infantil al que nos tienen acostumbrados las religiones al uso. Puede ser otra vida en función de cómo hayamos sufrido aquí, de cómo hayamos deseado, una reencarnación, o simplemente un más allá inimaginable, un mundo predispuesto por los acontecimientos de la evolución a la que estamos supeditados de antemano, llevados por el azar o fuerzas fuera de nuestro control. Un mundo, cabría incluso decir, que tal vez fuese peor que este en el que habitamos ahora.
Como no tenemos ninguna prueba fehaciente de ese más allá, no queda otra que guiarnos por pistas o seguir las huellas de ideas, (idealismos) que se ajustan con cierta coherencia a nuestro raciocinio y sentimientos.  Pero ninguna de esas pistas será lo bastante convincente como para apostar el todo por el todo. Ya te puedes leer el Fedón de Platón, sobre la inmortalidad del alma, leer al obispo Berkeley, La Fenomenología del Espíritu de Hegel, la Biblia, el Corán, el Tao, seguir los pasos de la ciencia y entrever salidas en mundos paralelos o nuevos universos que discurren a través de eones, que nada te va a dar luz verde a una creencia indudable. Solo la fe podría darte sostenibilidad a tus amargas pesquisas. Pero la fe no es en modo alguno la certeza que nos gustaría poseer como quien empuña con fuerza un cuchillo.
Así, en consecuencia, nos vemos ante una incertidumbre inquietante que pareciera insistir en que nos debemos entregar a algo, lo que fuera, con tal de encajar en el mundo. Una creencia que pueda dar sentido a una vida sentenciada a desaparecer. Buscar o crear, y creer en ese algo. Quizá ahí es donde resida el quid de la cuestión. Que aquí no se viene solamente a vivir por vivir, sino a vivir por algo más significativo, algo que perdure o potencie la insignificante estancia en la que estamos metidos. Se viene a construir un más allá más completo, puesto que las normas de esta vida resultan con frecuencia restringidas al silencio, a la incomprensión y la frustración.
Claro que, por otro lado, están los ateos o agnósticos que prefieren no desvalorizar la vida pensando que tras morir estaremos en mejor situación. Incrédulos de que al morir algo bueno nos esté reservado, es mejor hacer lo que sea posible para vivir la vida cómo mejor se pueda aquí. La idea de Dios les parece confusa, desencajada de la realidad y sin fundamento. Dado que los muertos no responden a ningún estímulo, solo nos queda encarar con valentía la verdad de que al morir todo se acaba.
Yo, sin embargo, soy de los que piensan que nadie puede ser ateo categóricamente, de la misma manera que no se puede creer en Dios con absoluta convicción. De entrada, creer en la nada es prácticamente imposible desde la perspectiva de estar vivo. La nada es una idea abstracta que no es cognoscible por su propia naturaleza; ser carencia de algo. La nada al igual que la negación NO, desestima lo real transformándolo en irreal. Se puede estar vivo y no ser consciente de ello. Además, creo que todo ser vivo tiene la voluntad innata de querer vivir y hará lo que sea por continuar vivo. Por mucho que se presuma de ateísmo, en el fondo, el mismo instinto de supervivencia les dirá que no, que no se puede uno hundir en el ocaso de la desaparición, ahogarse en la nada. Y sospecho que quien se suicida se lleva consigo algo de esperanza en el silencio más recóndito de su corazón.
Y aquellos que defienden a Dios por encima de toda oposición se mienten así mismos, ya que la fiel convicción de su existencia les convertiría en santificados de la felicidad y el coraje. Es decir, no tendrían miedo de nada sabiendo lo que les aguarda tras morir, y eso no sería humano. Sería como conocer quién es el asesino al final de una pelicula, como si conociéramos la voluntad de Dios, el secreto de su omnipotencia. El Dios del más allá no se le aparece a nadie para tranquilizar sus disgustos, igual que si apareciera nuestro ser más querido ya ido para decirnos que no nos preocupemos que todo está bien. Si de veras hay Dios éste nos estará reservado como una sorpresa, quizá con alguna recompensa al mérito de nuestra bondad (si crees en ella) de nuestra paciencia, tal vez la fe, el amor y lo que prefieras, pero no dejará de ser una incógnita, un silencio que no vendrá a romperse para darte seguridad integra. Yo no creo en los milagros.
La duda, por consiguiente, parece afectar a todo tipo de inclinaciones. Valorar la vida mucho, poco o nada, depende de las circunstancias que a uno le afecten, así como la lectura que cada cual quiera sacar de sus propias vivencias. Vivir por el placer de vivir es tan loable como vivir dedicado a crear un misticismo trascendental, un mundo que supere los supuestos defectos de este. En cierta manera, sería parecido a lo que hace el arte, que toma de la realidad los elementos y experiencias para transformarlos en algo más soportable o más intensamente bello. Crear una armonía o un reflejo más personal y adecuado cuando sentimos que las cosas no son como debieran. Crear una comunicación con el exterior para que se dé una coherencia afable. En ocasiones se busca un trasfondo que nos sitúe en una esfera más arriba, desde donde se pueda configurar una conciencia más potente, un sentimiento más penetrante y una libertad más desenvuelta. Pero también comprendo a quienes no deseen espiritualizarse con el mundo y quieran apreciarlo en sus inmediatas propuestas placenteras, incluso a pesar de lo muy difícil, y frustrante, que puedan resultar en ocasiones, porque el mundo y sus tentaciones no parecen estar expresamente diseñadas para dar gustazo constante a nuestros caprichos.
Con lo cual, insisto, cualquier postura es válida porque no hay certeza ni de lo uno, ni de lo otro. Todo depende del valor que le queramos otorgar a nuestras decisiones. A pesar de que no hay agradecimientos expresos por parte del mundo. No hay verdades absolutas a las que abrazarse. Es ese absurdo en el que caemos cuando nada de cuanto creamos y/o creemos nos responde, cuando nuestros esfuerzos no son valorados. Ya que estamos aquí, vivamos como mejor se pueda, pero eso dependerá mucho de cómo gestionemos nuestras sociedades, interpretemos la naturaleza, intercambiemos amor, nos dediquemos al arte, usemos la inteligencia emocional y nos apreciemos humanamente. Si esto no funciona ni da los resultados esperados, habrá que seguir luchando para cambiar de táctica, emprender otro rumbo o tirar la toalla si nos cansamos. Eso es la libertad. Esto es lo que queda. Eres tú quien decides.  - AllendeAran.


“A veces creo que nada tiene sentido. En un planeta minúsculo, que corre hacia la nada desde millones de años, nacemos en medio de dolores, crecemos, luchamos, nos enfermamos, sufrimos, hacemos sufrir, gritamos, morimos, mueren y otros están naciendo para volver a empezar la comedia inútil.”  - Ernesto Sábato

"¿Cómo y por qué ha entrado la muerte en un mundo cuya esencia es la vida, y con el que por tanto la muerte está en contratación?, ¿A donde conduce la muerte en el contexto de la vida total, hacia qué es la transición, dado que todo cuanto es es vida, de manera que también la muerte misma no puede ser en último término otra cosa que vida?  - Hans Jonas
“Es más fácil soportar la muerte sin pensar en ella, que soportar el pensamiento de la muerte.”  - Blaise Pascal
 

"Cuando Heidegger habla sobre la anticipación de la muerte de uno no es tanto la cuestión de la inmortalidad lo que le preocupa, sino la cuestión de qué significa la muerte anticipada para el ser humano."  - Paul Tillich
 “El hombre que no percibe el drama de su propio fin no está en la normalidad sino en la patología, y tendría que tenderse en la camilla y dejarse curar.” Carl Gustav Jung
 


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