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martes, 4 de octubre de 2022

 "¿Pues qué es lo que amas, enigmático extranjero?  ¡Amo a las nubes.. las nubes que pasan... allá a lo lejos... las maravillosas nubes."  - Charles Baudelaire

"La poesía está más cerca de la verdad vital que la historia." - Platón

REZAR MIRANDO AL CIELO 

De sobra es conocido el dicho de “Nunca llueve a gusto de todos”. Lo malo del dicho es que dentro de poco quedará en desuso porque al parecer sólo va a llover a gusto de unos pocos (los expertos). No lloverá a gusto de los agricultores, ni de los pobres, ni tampoco a gusto de los poetas, aunque esto último pueda carecer de importancia, pero eso es algo que sólo podrán entenderlo aquellos a quienes su sensibilidad se lo permita ("los expertos" no podrán, a ellos les mueve otro tipo de sensibilidad). 

De una u otra forma se han venido filtrando noticias de que algunos países desean tener un clima a la carta, evitando en todo lo posible tormentas, aguaceros o granizadas que perjudiquen las cosechas. Que luzca el sol sin sombra de nubes y que caiga agua cuando sea necesario parecería perfecto para los humanos, (raza exclusiva del planeta azul). China va a la cabeza de estos experimentos. Cómo lo hacen y si lo están consiguiendo es difícil de saber, pero algo se intuye. Es difícil de saber porque los políticos llevan años traicionando al pueblo, al que se le engaña con mentiras, falta de información, crisis ficticias y otras artimañas psicológicas que les sirven para mantener la esclavitud a raya y así conservar el poder hasta el final de los tiempos. Todo bien amparado por los medios de comunicación, que obedecen sin escrúpulos mientras estén bien pagados. Suena deprimente, pero es lo que hay. Quien hubiese imaginado años atrás que el periodismo y la televisión podrían convertirse en armas tan persuasivas en una democracia. Meter miedo nunca fue tan fácil.
Algo que les funciona mejor incluso que si nos apuntaran directamente los militares con una pistola para cumplir órdenes a la fuerza, como en las viejas dictaduras. Han logrado que el pueblo se convierta en un rebaño de avestruces que esconden la cabeza bajo tierra para no ver, no saber.

Jugar al cambio climático es tema peliagudo por cuanto aún no sabemos los efectos adversos que puede conllevar a la larga. Si los desastres climáticos nos han pillado de sorpresa, incluso cuando hay tecnologías para prevenirlos, no quiero imaginar qué puede acaecer cuando interrumpimos el devenir aleatorio de la naturaleza. Quienes entienden que el planeta es como un ente vivo que se autorregula, (lo que llaman teoría Gaia), no apostarían ni un céntimo por variar el curso de los acontecimientos naturales. ¿Damos gracias a Dios (o panteísmo para algunos) por habernos traído aquí, vivir y poblar la Tierra o tenemos que asumir que es una desgracia porque la naturaleza no cumple siempre con nuestras expectativas o intereses? Si como "los expertos" metidos en este gatuperio creen que no hay nada de malo en un cambio climático ¿Por qué entonces no hablan bien a las claras de sus intenciones? ¿Por qué la prensa no dice nada de esas horrorosas estelas que vierten los aviones militares por el cielo? ¿Por qué callan?  ¿Qué esconden? ¿Quizá no quieran asumir responsabilidades si las cosas se tuercen? 

Si a lo mejor me equivoco al creer que las chemtrails (estelas químicas) van de cambiar la climatología, si acaso lo que vierten es un químico para ecualizar la carga de radiación que aumenta con la masificación de antenas 5G, o si tal vez no es nada sino ganas de asustar psicológicamente, o lo que fuera que no sabemos, me tiene cada vez más sin cuidado. En parte porque todos pisamos el mismo suelo y a todos nos cae por igual en la cabeza. Lo que seriamente me preocupa es cómo la naturaleza va perdiendo protagonismo en las ciudades, y cómo la gente que vive en ellas no presta la más mínima atención al significado que ella transmite. Los significados bien pueden ser subjetivos, al igual que la música, pero para quien cultiva un poco su sensibilidad acaba coincidiendo en reconocer valores afines con los demás.
La historia atesora mucho arte al respecto, tanto en pintura como arquitectura, y no menos importante en el pensamiento filosófico y poético, pero las mayorías siguen al margen.
Por desgracia, solo unos pocos se han sentido identificados con los avatares estéticos que la naturaleza abriga, así como la libertad que de manera aleatoria manifiesta. Me da tristeza saber que quienes no entienden de esto muy lejos están del auténtico sentimiento espiritual, del auténtico sabor de la vida. Les recuerdo que la estética es una rama de la filosofía y que trascender la vida en buscar de mayor libertad y sensaciones más profundas es parte de la labor religiosa. El resto es entretenimiento fatuo, pasajero, egoísta, insaciable, banal, chovinista, superficial…
Ya se pueden reír de cuanto digo los defensores de las nuevas tecnologías, del progreso a ultranza, elites globalistas, políticos corruptos, nacionalistas acérrimos. Gente corriente, masa que no quiere problemas pero que luego se llevará las manos a la cabeza cuando la tragedia sea irreversible. Sus hijos, si acaso escapan de la idiotez, (del puñetero pantallismo), envidiarán la realidad de sus antepasados al verse sometidos a un mundo virtual, robotizado e insensible. Perderán el hábito de socializarse con las personas. No sabrán sonreír. Serán maleducados. Vivirán aislados, tímidos y cabizbajos. Se sentirán acosados por la ansiedad y el miedo.  
Nos hemos alejado demasiado de una realidad que antaño conjugaba mejor con nuestro espíritu. No pido volver hacia atrás, sino rescatar viejos valores que han quedado reservados para unos pocos iluminados. Estoy hablando de esos poetas, artistas y filósofos que supieron expresar bellamente la experiencia de vivir. Emprendedores de una verdad que no fuera tan en exceso objetiva o científica, sino de una verdad que aliente la fantasía. Es la estética, tanto o más que las matemáticas, lo que se haría bien en estudiar en las escuelas, por lo bien que ella acentúa la contemplación, la creatividad, y de ahí, el bienestar auténtico, libre del materialismo y el egocentrismo al que vamos cayendo igual que un rebaño de ovejas por un terraplén. 
¿Que aún no lo entienden? Normal. Porque muchos no saben mirar alrededor cuando pasean por el campo, una playa, un parque simplemente. Porque la mayoría no miran al cielo todos los días. Que haya nubes de una manera u otra no les motiva.  Pero les comento, hay nubes cirros, cirro cúmulos, cirro estratos, alto estratos, alto cúmulos, estratos, estrato cúmulos, nimbo estratos, cúmulos, cúmulo nimbos.., y hay chemtrails, lo último en ingeniería militar. Chorretadas lineales que rayan los cielos, dejando un velo turbio que llega incluso a ocultar el sol produciendo un efecto invernadero. Un artificio sórdido que viola la claridad de los cielos despejados. Una aberración más del progreso tecnológico con fines que no confiesan. Un insulto a la belleza y un impulso más hacia el desastre de la mal llamada civilización. Si no bastaba con borrar las estrellas de noche por la contaminación lumínica acabamos ahora rayando la bóveda celeste de los días azules. 
¿Qué es? ¿Ganas de evitar que se formen nubes? ¿Provocar un efecto invernadero y de ahí sequías? O quizá haya otra intención oscura que desconocemos por completo. Porque nada dicen los periódicos, nada las noticias en la televisión, nada los meteorólogos. Sólo algún que otro comentario que se ha filtrado en los medios de comunicación y que, quien sabe, podría tratarse de una cortina de humo para ocultar algo más siniestro. Sin embargo, a mí me vale la apreciación estética que me guía de manera provechosa en muchos de los escenarios sociales que me ha tocado vivir. Cuando algo emborrona o ensucia la belleza algo me dice que estamos equivocados. Es parte fundamental de la condición humana, como lo pueda ser el amor. Los "expertos" ya sé que no lo entienden.  Porque les mueve el dominio, controlar y esclavizar. Los "expertos" se ocultan, no dan la cara. No tanto por la vergüenza, que no tienen, sino porque saben que son culpables y serán juzgados tarde o temprano por el destino que formamos todos. Incluida la naturaleza.


 
"Las más satisfactorias relaciones de lo sensible deben por tanto corresponderse con las fases indispensables de la aprehensión estética. Si podemos encontrar éstas, habremos hallado las cualidades de la belleza universal." - James Joyce

 “El encanto de la belleza estriba en su misterio; si deshacemos la trama sutil que enlaza sus elementos, se evapora toda la esencia.”  -  Friedrich Schiller


"De que fluctuante pobreza espiritual es hijo tan mezquino gusto, lo muestran nuestras ordenanzas urbanas, que se otorgan a sí mismas el título de estéticas."  - Camilo Sitte

"Si pudiera abrir las nubes como se abre un cajón, quién sabe qué hallaría dentro: cartas de amor escritas por los ángeles o alfabetos secretos o quizás los sueños del viento."  - Fabrizio Caramagna
 "Necesitamos el tónico de lo salvaje, necesitamos que todas las cosas sean misteriosas y no hayan sido exploradas, que la tierra y el mar sean infinitamente salvajes, que no sean investigados ni sondeados por nosotros, porque son insondables." - Henry David Thoreau

"Hemos de remozarnos con la vista de un vigor inagotable, de rasgos vastos y titánicos, la costa del mar con sus naufragios, la nube de tormenta y la lluvia de dura tres semanas y produce inundaciones. Necesitamos ver nuestros límites superados y cierta vida pastando libremente donde nosotros no llegaremos nunca”  - Henry David Thoreau

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miércoles, 1 de enero de 2020

"Si la experiencia presenta realmente rasgos estéticos y morales, cabe suponer que también estos rasgos llegan a descender al fondo de la naturaleza tan fielmente como la estructura mecánica que se le atribuye en la ciencia física."  - John Dewey

EMERGENCIA CLIMÁTICA
¿SOLO CLIMÁTICA?
Ahora que hace unos días la cumbre climática en Madrid ha finalizado, tal vez se puedan sacar algunas conclusiones sobre cómo estos eventos logran alcanzar su cometido. Al parecer, por lo que dicen los más acérrimos activistas, el acuerdo por minimizar las emisiones de CO2 ha resultado decepcionante. Algo, quizá, se haya conseguido; Ir despertando poco a poco un sentido alarmista ante el peligro climático en el planeta y el que la gente empiece a tomar conciencia de sus actos y hábitos nocivos, así como ir exigiendo soluciones apropiadas a los políticos, que para algo se les concede poder en las sociedades democráticas. Pero hacer entender a los políticos cuál es su tarea, su deber, parece caer en saco roto. Lamentablemente, parecen estar únicamente al servicio de mantener su hegemonía y proteger los intereses capitalistas. Su falta de talento y sapiencia a la hora de resolver los problemas de las sociedades es ya de una vergüenza ajena intolerable. Les falta ética, respeto, modestia, voluntad, inteligencia, empatía, discurso. Los políticos de hoy en día están cada vez más perdidos en su laberinto de disputas patrióticas e independentistas, defendiendo posturas egoístas que atañen a su propio ombligo y a los usureros que descansan en el pico de la pirámide. Nada que ver con los auténticos problemas de la Tierra que, al fin y al cabo, todos pisamos. 
Estamos ante un problema serio. El hecho de habernos acomodado en un sistema social que expele basura química en todo momento, ha traído consigo un veneno letal que pone en peligro la biología del planeta. Eso nos incumbe, somos parte de esa biología, no lo olvidemos. Las ciudades en las que habitamos cada vez están más excluidas de la naturaleza prístina que habitaron nuestros antepasados. Para quienes vivimos en las grandes urbes, (la mayoría de los habitantes del planeta) el panorama visual paisajista al que asistimos poco tiene que ver con lo que fue hace cincuenta años, y si nos remontamos al siglo XIX la cosa resulta más sorprendente, y yendo más hacia atrás en el tiempo se puede sentir que lo que otrora fue naturaleza abundante por doquier, ahora es asfalto, cubos como murallas que recortan el cielo. Lo que antes eran montañas en la lejanía, ahora son edificios torre que bloquean la mirada puesta al horizonte. Donde antes era el trote de caballos en los caminos, ahora es ruido y humo tóxico de coches. Donde antes crecían árboles, ahora hay señales de tráfico y semáforos. Antes todo era curvo y desigual, ahora todo es lineal y cuadrado.
A pesar de ello, no nos hemos vuelto locos. Incluso he de reconocer que, con la evolución tecnológica y científica, hemos aprendido a vivir más años y mejor. Al menos en los países occidentales donde se ha podido aplicar ese conocimiento. Nadie me va convencer de que antiguamente el mundo era más afectuoso con los humanos, que antes se era más feliz. El trabajo es menos severo de lo que vivieron nuestros abuelos. El bienestar se ha multiplicado, si bien no tan ecuánime como nos gustaría. Ahora, mejor que nunca, el índice de natalidad es más alto y el de la mortalidad más bajo. Algo se habrá estado haciendo bien por cómo la humanidad se ha expandido.
Sin embargo, por desgracia, hemos alcanzado un punto en el que nuestros errores han abierto grietas en este sistema en el que nos hemos acomodado. Hemos vivido a costa de exprimir los recursos de la tierra sin miramientos, vueltos de espaldas a todo lo otro que vive alrededor, ciegos y sin respeto por cuanto nos sustenta. Hemos vivido de manera muy egoísta, y a la par, ignorantes del futuro. Nos hemos tomado la naturaleza como servidora y esclava de nuestras necesidades básicas. Era necesario explotarla, invadirla, violar sus hábitats sin importarnos cómo. Nos hemos comportado como seres de un mundo aparte, igual que enemigos. No es que la naturaleza sea ahora vengativa con nosotros. No, no se trata de que Ella tenga un objetivo determinado y nosotros vayamos en su contra. Se trata sencillamente que no va a responder a nuestros intereses porque está enfermando por nuestra culpa. De igual forma que cuando un virus nos invade y acaba con la vida de un cuerpo, así nos comportamos, como si el planeta fuese un cuerpo. La naturaleza no es sabia, vive y padece las inclemencias del tiempo y las catástrofes como las sufrimos los demás. Ella no tiene fija una finalidad, está ahí igual que nosotros, sin saber por qué. Sufre las consecuencias del azar y ahora, por añadidura, sufre la arrogante actitud de la ambición desmedida del hombre, guiada por un capitalismo cada vez más insolente, cada vez más salvaje.
Pareciera que, aún, este problema no fuera tan apremiante, que no parece tan ominoso, que no es tan feo como lo pintan porque aún quedan parajes paradisíacos por ahí, grandes extensiones verdes, mares azules. Aunque sea sólo vivido allí a donde vamos de vacaciones, o por lo que vemos en fotografías. Todavía se respira bien, en algunas ciudades mejor que en otras. En fin, que todavía no nos ha llegado la mierda al cuello. Es por eso que los políticos, por salvaguardar los intereses que reclama cualquier empresa capitalista, siguen sin querer tomar medidas decisivas para regenerar el entorno que estamos infectando. Entorno que no es otro que nuestra propia casa. Pero para ellos, diríase, que la Tierra no existe, que lo que existe son países, territorios, banderas, ejércitos, bancos...
Comprendo que el discurso de estos días pasados haya sido prioritario en alarmar, a la vez de informar, sobre la actual situación del planeta. Principalmente por el efecto invernadero que está trastornando el clima. La basura química que vertemos en cantidades ingentes por tierra mar y aire todos los días. Qué soluciones se van adoptar. Soluciones espinosas porque implican un cambio en el paradigma en el que nos movemos y que tan mal se ajusta con el régimen capitalista en el que todos estamos enredados. Pero sí ha habido algo que personalmente he echado en falta en los discursos, algo que era de esperar por otra parte, y que considero de suma importancia, es el de inculcar una visión estética de cuanto conforma en el planeta. Porque eso también se está perdiendo.
No sé hasta qué punto es un privilegio que ciertas almas sensibles puedan deleitarse en la contemplación de las formas, colores, aromas, sonidos..., con la vida, en definitiva, que ante nosotros se despliega por el mundo. Identificarse con la trama del mundo que al desnudo se presenta, con la visión primaria, virgen de la naturaleza, parece fantasía de unos pocos poetas y filósofos. Está escrito que quienes mejor han sabido entenderse con la naturaleza, gozar de veras, han sido pensadores, anacoretas, músicos y poetas. Gente contemplativa cuyo principio era fluir con el ánima que vibra en el mundo. Personas que se veían recompensadas de calma al observar lo bello, que sabían armonizar sus estados de ánimo participando del encuentro estético que surge por azar o voluntad artística. Síntomas de plenitud y compresión, paz, misterio y aventura, asombro y milagro, nunca mejor hallados sino en la Naturaleza. Me viene a las mientes autores como John Muir, Ralph Emerson, John Keats, Thoreau, Alex von Humboldt y tantos otros que dejaron escrito impresiones y lecciones que se deberían estudiar en las escuelas. Pero no hay manera. Seguimos sin querer implicarnos con la sabiduría de esos que se deleitaron  con la esencia de la vida, como si fueran sus ideas ininteligibles, cosa de locos o fueran un obstáculo para el progreso o una pérdida de tiempo.
Esto no es fantasía de quien vive en las nubes. Si por algo somos, si por algo albergamos sueños es porque hay un enlace entre nosotros y cuanto forma el mundo externo. No hay objeto sin sujeto, ni a la inversa se podría entender la existencia. De no haber nada ahí afuera, ¿cómo justificaríamos estar vivos? Apreciar la belleza que la naturaleza exhibe es una tarea fundamental para poder respetar el planeta. No creamos que la tierra es enemiga nuestra porque nos hemos visto forzados a horadar la materia en busca de energías que nos ayuden a sobrevivir y evolucionar. La misma naturaleza, sus plantas y animales, sufren las consecuencias del azar, de los grandes cataclismos, de las tempestades, sequías o incendios. Y si bien, nosotros somos también víctimas igualmente del azar, también es cierto que tenemos conciencia y fuerza para saber qué queremos o qué camino tomar. Y aunque ese “qué”, de momento, no esté enteramente formado, porque no hay credo, ni religión, ni ética prevista para el futuro que convenza a todos por igual, sí hay algo que podemos comprender por unanimidad, algo que se puede apreciar; la belleza. Vista y sentida en la música, el diseño, una cara guapa, la flor que se abre a la luz, ese atardecer… Son de por sí sensaciones que dan valor único y total a nuestras vidas.
La Naturaleza nunca te va a responder si tienes razón, si está o no justificado que la sientas como bella. Jamás nadie se plantea si se equivoca por apreciar lo que le parece bello. Por eso mismo no esperes que Ella esté de tu parte correspondiendo a tu admiración con un, hoy no lloverá, hoy la chica que te gusta te va a sonreír, hoy el atardecer será más vistoso que el de ayer. Suficiente justificación es con sentir y suficiente saber que hasta hoy nadie ha podido razonar lo que la belleza significa. Tanto mejor así, ya que de esta manera no se presta a la manipulación materialista. Su misterio la hace impenetrable a la experiencia científica. Es por eso que, al tratarse de una cuestión subjetiva, lamentablemente, no se la ha integrado en la educación con tanto denuedo como a las matemáticas, la física o la lengua. Estoy muy convencido de cuánto más se ganaría si de pequeños nos enseñaran a ejercitar la sensibilidad en las escuelas, y para eso nada mejor que sintonizar con los elementos que se manifiestan en la Naturaleza. Si así fuera, seguramente no habríamos incurrido en tantos errores de relación en el ecosistema que habitamos.
Mantener el esplendor botánico de árboles y plantas, los mares limpios, el hábitat de los animales, haría que nos sintiéramos más integrados en el mundo, pero sobretodo daría un especial relieve a las sensaciones espirituales. Sí, me refiero a esas sensaciones que se sienten en el interior y en silencio, que resultan difíciles de comunicar y que, cuando lo hacemos, recurrimos a estrategias, artificios que derivan en lo que llamamos Arte. Contempla sin monólogos el vuelo de los pájaros alejándose en el horizonte, las plantas que al crecer dibujan formas esbeltas, un gato que duerme plácido sobre la hierba, unas nubes que abren grietas por las que se infiltran los rayos del sol al caer la tarde. Eso no podemos perderlo. Contempla si más, contempla y no preguntes… “porque la Serenidad no pertenece al dominio de la voluntad.” decía Heidegger. - AllendeAran.


“Si nos aprovechamos de la palabra estético tomada en un sentido más amplio que en el de la aplicación a lo bello y lo feo, es indudable que la cualidad estética, directa, final o encerrada en sí caracteriza las situaciones naturales tales como se dan empíricamente. Estos rasgos están de suyo exactamente en el mismo plano que los colores, los sonidos, las cualidades del tacto gusto y olfato.”  - John Dewey


 
“Ahora el mundo aparece como un objeto al que el pensamiento calculador dirige sus ataques y a los que ya nada debe poder resistir. La naturaleza se convierte así en una única estación gigantesca de gasolina, en fuente de energía para la técnica y la industria modernas.” – Martin Heidegger
“Somos plantas –nos guste o no admitirlo- que deben salir con las raíces de la tierra para poder florecer en el éter y dar fruto”. – Peter Hebel


 
“Si un hombre está solo, dejad que mire las estrellas. Los rayos que provienen de esos mundos celestes se interpondrán entre él y lo que toque. Podría pensarse que la atmósfera fue creada transparente con esa intención, para conceder al hombre, con los cuerpos celestes, la presencia perpetua de lo sublime.”  - R. W. Emerson
“No hay pregunta ni respuesta al hecho de que el hombre busque la belleza. La belleza, en su sentido más amplio y profundo, es una expresión del universo. Dios es todo lo hermoso. La verdad, el bien y la belleza no son sino aspectos del mismo todo.”  - R.W. Emerson



“La Naturaleza se asocia a todas las sensaciones del hombre. Las comprende y parece compartirlas como un confidente invisible. ¡Las lleva al cielo para divinizarlas!”  - Alphonse de Lamartine
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domingo, 10 de mayo de 2015

«Lo sublime en la naturaleza emerge
 al ser un reflejo de la propia imagen divina.»
  Joseph Addison

INDAGACIÓN ESTÉTICA 
ACERCA DE  LO SUBLIME

                                Epic Storm (Unknown)                               
Entre lo bello y lo sublime hay una brecha abierta que semeja al espacio que se dilata  cuando desde la cima de un precipicio  se mira hacia fondo de la tierra. Da vértigo. También es cierto que entre ambos hay una alianza de significado, porque tanto en lo que calificamos de bello como de sublime sentimos una atracción magnética, algo que nos llama, nos embelesa, nos pide devoción. Pero mientras en la belleza la cordura se mantiene en su puesto, mientras la festejamos y se ve bien hacerlo (es moralmente aceptable), en lo sublime la seducción de la que participamos se excede, la razón no encuentra palabras, la abducción resulta peligrosa. No es fácil resistirse a la invitación de lo sublime, porque además, por lo general, se presenta de sorpresa para que no pretendamos faltar a su orden. Ni tampoco resultaría coherente huir si pudiéramos, porque eso sería traicionar a la esencia del ser que nos forma, puesto que en lo sublime se vislumbran los elementos espirituales que, adormecidos, yacen en nuestro interior.
Tal vez la belleza sea más dócil y transparente en sus intenciones, puesto que incita a la ternura y el cariño, por lo que parece más sensato apostar por ella. Sin embargo, en lo sublime, se abren las posibilidades de lo que más anhelamos en el fondo del alma; la liberación pura, el despegue de la gravitación que nos sujeta al suelo, de la reflexión. Queremos que la conciencia quede liberada, fuera del juego que la razón demanda. Así el sentimiento se hace más profundo. Puede ser peligroso en parte, ya que el índice de misterio y terror que se esconde en el acontecer de lo sublime puede ser feroz y podría extraviarnos sin remisión, pero la idea de participar en sus fuerzas impetuosas supera nuestros prejuicios y cobardía. Nos vigoriza, nos engrandece, ya que saboreamos un sorbito de la dimensión de lo infinito. Si lo sublime es tan bello que da miedo es porque no comprendemos las fuerzas que lo constituyen. Su embestida es tal, que penetramos decididos a gozar del repentino éxtasis al que nos invita. Nada hay más genuino que la de dejarse llevar por el arrobamiento. Sin aprensiones, sin pensar que nos depara el futuro.
Ese estupor que nos acompaña, ese encanto, ante lo sublime, no tiene necesariamente que venir acompañado siempre de ímpetus salvajes que tengan que impresionarnos hasta el rayar el miedo. La naturaleza no siempre se muestra destructiva con el entorno. Si acaso es los cataclismos naturales, como tempestades, volcanes, diluvios y demás desastres, es donde mejor se expresa lo grandioso, (aunque visto desde las gradas, se entiende, porque nadie quiere caer en el centro de la vorágine), hay también escenarios idílicos que por su rareza y esplendor, pasman de inmediato los sentidos, dejándonos boquiabiertos, (expresión inconfundible del asombro). Lo sublime es maravilloso, es la belleza superlativa que no tiene parangón. La aceptamos sin consideraciones a priori. Esto me supera, decimos, pero también, esto me define o, ahí quiero estar yo, ser parte de ello. Quizá sea porque la imaginación se siente complacida en extremo. Quizá porque nunca antes se había visto u oído nada igual. Porque nos devuelve la cualidad más excelsa y escondida de nuestro yo. Deseamos participar de las fuerzas que modelan el mundo, de las fuerzas que revelan la genialidad del artista, las del Creador escondido ante las cuales el corazón se rinde apasionado.
Es por la intensidad que el hecho sublime se dé raras veces, y menos aún en los tiempos modernos. Hubo un tiempo en que deambular por el mundo, cuando se exploraban nuevas tierras, la vida jugaba con el riesgo pero aquello implicaba que no pocas veces los viajeros más intrépidos asistieran a espectáculos fantásticos. Para quien supo (o sabe ser romántico todavía), el momento extraordinario, tan apreciado o más que el oro, se da ante el descubrimiento de lo insólito e inesperado, de lo excelso y colosal, y aquellos descubrimientos tenían la categoría de sublimes. Antiguamente esto era más fácil de encontrar por el carácter virginal del mundo, todavía joven. Ahora parece que hay que remontarse a la lejanía de las estrellas. Ahora lo sublime que nos toca más de cerca se encuentra procesado en el arte, cuando las pasiones quedan condensadas en algún pasaje musical, un cuadro, una fotografía. No es lo mismo, pero al menos algo nos queda, un rastro, una intuición, de que algo magnífico agita el mundo.
Pocos también son los llamados a entender este hecho. Pocos los que lo entienden y menos los que lo buscan. Nos hemos encerrado demasiado entre los amurallados edificios de las grandes ciudades. La sensibilidad del hombre moderno, en sus exploraciones, está ceñida ahora a la competitividad y a la resistencia, a lo que llaman deporte. La belleza es propia del arte, se queda con las flores, las mariposas, si acaso, un vestido, un mueble, un cuerpo. Cosas cotidianas, cosas menudas. Todos los días amanece y anochece pero a casi nadie le interesa el cromatismo que la luz pinta en las nubes. De los que deambulan por las alturas de las montañas pocos son los que se paran para otear el horizonte desde la cumbre. Caminan cabizbajos para no tropezar y con haber llegado les basta. Del glorioso bienestar que la dulzura de un día de primavera esparce sobre las praderas, a casi nadie llama. La gente trabaja, no tiene tiempo. Estamos demasiado atareados en querer descansar, en comer o beber, en vivir el arte desde una butaca o en una galería. Y quienes así viven entenderán mucho de la belleza pero de la magnificencia de lo sublime apenas se acercan a imaginarlo. Creen que pertenece a esos raros místicos que se han quedado atrás, en otro siglo que ya es historia. A esos insaciables que no saben conformarse con menos.  -- AllendeAran


                                                       Deluge  -  Francis Danby                                                      

Deluge - Ivan Aivazovsky
«Allí donde la sabiduría de nuestro creador quiso que algo nos afectara, no confió la ejecución de su designio a la lánguida y precaria operación de nuestra razón; sino que la dotó de poderes y propiedades que previenen el entendimiento y la voluntad; que embargando los sentidos y la imaginación, cautivan el alma antes de que el entendimiento esté preparado para unirse a ellos u oponerse.»  -  Edmund Burke
 Nattling Marin  -  Marcus Larson

Storm - Alfred Bierstadt
«Como el poder es indudablemente una fuente principal de lo sublime, esto indicará, evidentemente, de dónde se deriva su energía y a qué clase de ideas deberíamos unirlo.»  - Edmund Burke
«La pasión causada por lo grande  lo sublime en la naturaleza, cuando aquellas causas operan más poderosamente, es el asombro; y el asombro es aquel estado del alma, en el que todos sus movimientos se suspenden con cierto grado de horror.» -  Edmund Burke
             El Monje  -  Caspar Friedrich                          

                   Napoleón  -  Ivan Aivazovsky                           
«La infinidad tiene una tendencia a llenar la mente con aquella especie de horror delicioso que es el efecto más genuino y la prueba más verdadera de lo sublime.»  - Edmund Burke
«Un horizonte espacioso lleva consigo la imagen de la libertad: los ojos tiene campo para espaciarse en la inmensidad de las vistas, y para perderse en la variedad de objetos que se presentan por sí mismos a su observación. Tan extensas e ilimitadas vistas son tan agradables a la imaginación, como lo son al entendimiento las especulaciones de la eternidad y del infinito. »  -  Joseph Addison
L'Allegro  -  Thomas Cole

 West Rock New Haven  -  Frederick Church
«Nuestro antepasados miraban a la naturaleza con más reverencia y horror que nosotros: y antes que la sana erudición y filosofía ilustrasen al mundo, se complacían los hombres en asombrarse a si mismos con aprensiones de hechicería , prodigios y encantamientos.»  -  Joseph Addison
«Una de las causas finales del placer que sentimos en las cosas grandes, puede ser la esencia misma del alma del hombre, que no encuentra su última, completa y propia felicidad sino en el Ser Supremo.»  - Joseph Addison
Saint John in the Wilderness  -  Thomas Cole
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